El ciclomotor (o como morir de éxito)

El ciclomotor (o como morir de éxito)

El ciclomotor, tal como hoy lo conocemos tiene muy poco que ver con el vehículo del que proviene. En la posguerra, en una Europa arruinada,  con escasez de materias primas y combustible, no hubo mas remedio que arrinconar los automóviles y volver a la bicicleta como medio de transporte urbano y rural. Algunos empresarios emprendedores, aprovechando la maquinaria rescatada de fabricas bombardeadas iniciaron la construcción de pequeños motores que podían ser acoplados en el bastidor de las bicicletas, con lo que se aumentaba el radio de acción y se disminuía el esfuerzo en las subidas.
El éxito fue enorme. Al cabo de pocos años ya se vendían bicicletas con motor (ciclo-motores), los motores evolucionaron con sistemas que permitían que el motor no se parase al detener la marcha (embrague centrífugo) y que cambiaba de marcha automáticamente en función de la orografía del terreno (variador). Primero la mobylette de Motobecane y luego la Vespino de Piaggio o la Variant de Derbi llenaron las ciudades y pueblos de la Europa meridional.  El éxito continuó durante décadas. Las limitaciones establecidas por reglamento se relajaron,con lo que el peso de los (ya mal llamados) ciclomotores superó con mucho los 100 kilos. Los pedales pasaron a ser una molesta herencia del pasado.  Se permitió llevar pasajero y, haciendo encaje de bolillos, se fabricaron automóviles diesel que podían conducirse con licencia de ciclomotor. La velocidad, limitada por reglamento a 45 kms/hora, parecía ahora ridícula para el nuevo aspecto y tamaño de estos nuevos vehículos, así que todo el mundo los "trucaba". Tanto fue así que las propias fábricas se sacaron de la manga la "limitación de potencia", eufemismo que significaba que el ciclomotor salía de la cadena de montaje con una serie de burdos tapones para limitar el flujo de admision y escape y así mantener la potencia dentro de lo permitido. Tan burdos eran que, en muchos casos, si no se retiraban la bujía se engrasaba y la moto se paraba irremisiblemente.  Consecuencia de todo ello: el 95% de los ciclomotores circulaba sin limitador, con velocidades, a veces, superiores a 100 kms/hora.
El tema se iba de las manos y, a finales de los años 90 llegó el primer toque de atención: Las compañías de seguros, en vista de la siniestralidad aumentan los seguros obligatorios un 500%. Las ventas caen en picado. No pasó mucho tiempo sin que la administración se diera cuenta de que aquello ya no era la bicicleta con motor que le había dado nombre, y decidió aumentar los impuestos que gravaban a estos vehículos: nueva caida de ventas.
El resto ya es conocido: las matriculaciones bajando año tras año mientras la administración intenta que vuelva a lo que fue, una herramienta ligera de transporte urbano y rural. 

José Manuel de los Rios

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